La Iglesia y el respeto debido. Por BEATRIZ GIMENO

No deja de sorprenderme que siempre que digo algo sobre la Iglesia católica mucha gente, indignada, me exija respeto. No un respeto cualquiera, sino una especia de respeto reverencial, un plus que impide que la Iglesia católica sea objeto del mismo trato que cualquier partido, asociación o institución. Es una especie de halo que impide que se juzguen las palabras de los representantes de la Iglesia de la misma manera que serían juzgadas si fuesen dichas por los representantes de un partido o asociación. Y que no me mencionen a Cáritas o la Teología de la Liberación porque, papa Francisco mediante, eso son, hasta ahora, desviaciones de la ortodoxia.

A la Iglesia católica muchos le hemos perdido la fe, pero no hemos aprendido a perderle el respeto. Eso es consecuencia, en primer lugar, de su propia naturaleza. Nadie espera que las cosas que dice la Iglesia estén sujetas a las reglas de la razón. Al fin y al cabo, los seres humanos hemos crecido corno especie sobre el pensamiento mágico del que nunca nos hemos desembarazado del todo.

Cuando Marx afirma que la religión es el suspiro de criatura desdichada se refiere a las condiciones materiales, pero lo cierto es que más allá del dolor que produce la injusticia material estará siempre el dolor irremediable de nuestra vulnerabilidad. Los dioses cambian, pero el miedo no desaparece.

Si los humanos necesitaron a los dioses para explicar una tormenta o la llegada de la noche, no nos podemos sorprender ahora de un tipo que parte el mar en dos o de otro que multiplica panes y peces. No importa en qué época estemos; no dejaremos de buscar un atisbo de sentido ante lo inexplicable. Por eso convivimos con naturalidad con gente que lee los horóscopos, que cree en la influencia de la luna o en que el agua tiene memoria; por eso asumirnos con cierta normalidad que los portavoces de la Iglesia católica (de cualquier Iglesia) digan cosas ridículas. Porque cuando apelamos a lo mágico, cualquier afirmación, por absurda que sea, es percibida con ese plus de respeto.

Somos prudentes ante las creencias de la gente por extrañas que sean; comprendernos el papel que juegan, somos comprensivos ante los lamentos de esos seres desdichados y vulnerables que somos. Sin embargo, ese respeto no puede ser ilimitado. El juicio moral que hacemos de cualquier asociación u organización depende directamente de los valores que difunde. Y hay ciertos valores sobre los que las sociedades occidentales han alcanzado consensos democráticos que son irrenunciables e incuestionables… Excepto para las Iglesias a las que se les permite habitar en una especia de limbo ético. Parecernos aceptar que en el terreno espiritual no rige la ética común. Al menos no para nuestra religión, la que a cada cual toca.

Así, respecto de la Iglesia católica no sólo aceptarnos con normalidad que sus portavoces oficiales emitan constantemente opiniones contrarias a esos valores comunes sin que esas opiniones sean radicalmente censuradas social y políticamente, sino que permitimos que se enseñen en las escuelas; es más, permitimos que una organización cuyos valore s, declarados por sus principales portavoces, son antidemocráticos, sexistas, homófobos y discriminatorios se dedique a la enseñanza y, además, con dinero público.

Contemplamos la situación con cierta naturalidad y sólo nos indignamos en casos concretos y sangrantes. Se oculta o trivializa la guerra que la Iglesia ha desarrollado a lo largo de los siglos contra la libertad de expresión y de conciencia, las libertades públicas, la igualdad y la democracia; contra la ciencia y el saber, contra la alegría de la sexualidad, contra la autonomía personal, contra las mujeres.

Pero, más allá de su historia negra, pocas organizaciones hoy en día siguen trabajando con tanto ahínco a favor de la desigualdad y la injusticia, de la infelicidad humana. Eso es lo que hace la Iglesia cuando, por ejemplo, se opone al uso del condón, cuando demoniza a gays, lesbianas y trans haciendo que en muchos países la vida resulte invivible para estas personas; cuando condena a muchas mujeres a la muerte de un aborto inseguro; cuando calla ante el poder que se ceba en los pobres; cuando excomulga a niñas que abortan pero no al violador de esas niñas, a la mujer que se divorcia pero no al maltratador; cuando exige pasividad a los pobres y no castiga a los poderosos que roban, matan, tiranizan, explotan. Eso sin contar los delitos privados, que a los representantes de la Iglesia se les ha venido perdonando con facilidad pasmosa: delitos monetarios de todo tipo, fiscales, patrimoniales, sexuales…

Habrá que ver si este Papa es capaz de cambiar la orientación general de la Iglesia católica, pero en tanto se dilucida la cuestión, para mí la pregunta fundamental es: ¿qué más tiene que hacer la Iglesia católica para que le perdamos el respeto?

 (EL DIARIO.ES)

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